Viernes, 10 de agosto de 2007
Publicado por La_Seu @ 9:52
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I

















Los caminos de acceso a la ciudad











(*) Universidad CEU Cardenal Herrera



Detalle del plano de F. Cassaus con la ciudad y sus aledaños.



Sudorosos y fuertes ‘‘rossins’’ tirando de sus arados y carretas, hoy sólo admirados en los concursos de ‘‘tiro y arrastre’’ o en la ‘‘subida del Palau’’ en la procesión del Corpus valenciano con sus enjaezados aparejos, completaban el familiar paisaje de la huerta, que escritores y poetas dejaron en sus obras, en la que un innumerable conjunto de núcleos de población de antiguo origen islámico, hoy abrazados por el crecimiento de la gran ciudad, se hallaban esparcidos. El conocido plano de la Huerta y Particular Contribución de la Ciudad de Valencia... del jesuita Francisco Antonio Cassaus es quizá la mejor reproducción gráfica y testimonio de este paisaje.



Dedicado a los señores Jurados, Racional y Síndico de la Ciudad, como reza su cartel, en su ángulo inferior derecho figura Ascensio Duarte como ejecutor material del mismo en el año de 1595 y nos ofrece todo un conjunto de datos insoslayables por quien se dedica al conocimiento de Valencia y su huerta. En él aparecen las acequias de la vega, alquerías, cruces de término, caminos que llevaban a la Ciudad... todos ellos alrededor de una Valencia que, abrazada por el meandro descrito por el Turia, se nos presenta con su Miguelete y los cinco puentes ‘‘históricos’’ que la comunicaban con la margen izquierda del mismo; y destacan muy particularmente los accesos a la ciudad a los que dedicamos nuestro interés, cuyo cuidado y cometido competía a la Fàbrica de Murs e Valls, como una de sus principales ocupaciones puesta de relieve en la obra de J. Lop, quien le dedica los capítulos XXIV a XXXV, lo que es indicativo de su importancia.



El acceso principal a la Valentia romana lo constituyó, desde tiempos de su fundación, la Vía Augusta que desde el norte penetraba en la Ciudad por el que, con el tiempo, sería ‘‘camino de Alboraya’’; cruzaba el foro, espacio muy certeramente respetado junto a la basílica de la Virgen, saliendo a través de la puerta Sucronense –posteriormente de la Boatella, en la Valencia islámica–, en las inmediaciones de la parroquia de San Martín, en la calle de San Vicente, para ir hacia el sur a tierras del Sucro, o Júcar. Con el tiempo, el ‘‘camí de Morvedre’’, del cual constituiría un ramal el ya citado de Alborada, constituiría el principal acceso norte. A lo largo de este camino, la Torre de la Unió, demolida en 1791, era un hito que recordaba la coalición de pueblos contra Pedro ‘‘el del Punyalet’’ en la guerra civil de mediados del siglo XIV; y, más allá de la misma, la Cruz de Almàssera, junto al barranco del Carraixet, indicaba la salida de la ciudad hacia tierras de Sagunto.



Por el sur, constituía el principal acceso el llamado ‘‘camino real de Xàtiva’’ que, saliendo de la ciudad por la puerta de San Vicente Mártir, situada en la actual plaza de San Agustín, conduciría hacia el antiguo monasterio de San Vicent de la Roqueta, célebre santuario que surgió en el siglo IV de nuestra era cuando fue enterrado allí el diácono Vicente tras sufrir martirio. De esta importante vía, nada más pasar el cenobio cisterciense, arrancaba el ‘‘camino de Picassent’’ en dirección hacia tierras del convento de Jesús y lugar de Patraix. También era considerado ramal de esta importante vía el ‘‘camino de Torrente’’, que se iniciaba delante mismo del portal de los Inocentes en dirección hacia la ‘‘cruz desmochada’’, que llevaba a esta vecina población; por él llegaba a Valencia todo el yeso que se traía de las canteras de Picassent, razón por la que los yeseros debían contribuir al mantenimiento del mismo dados los desperfectos ocasionados por sus carretas. Y un tercer ramal de este camino real de Xàtiva lo constituiría el ‘‘camino de Ruçafa’’ que terminaba en la llamada ‘‘cruz de Mont Olivet’’, donde se hallaba la devota ermita, levantada en el siglo XIV, que celebraba la odisea del ruzafeño Pedro Aleixandre, huido de su cautividad en tierras de moros.



Hacia el oeste, la vía más importante la constituía, sin duda alguna, el ‘‘camino real de Quart’’ que, atravesando las poblaciones de Mislata, Quart, Manises..., llevaría hacia el ‘‘paso de las Cabrillas’’, en las inmediaciones de Buñol, cuyo nombre ya indica las dificultades del trayecto hacia el interior y la Corte. De él, el ramal de Chirivella y Alaquàs se escindiría a la altura de la hermosa Cruz de Mislata. Al llegar a este poblado, el llamado ‘‘frontón de Lo Rat Penat’’, dirigiría al viajero hacia las puertas de Cuarte o de Serranos para entrar en la Ciudad.



Más allá, el ‘‘camino de Liria’’ comenzaba al bajar del Pont Nou, o puente de san José, y terminaba en las inmediaciones de ‘‘les Sitges’’ (los silos) de Burjassot, hoy importante monumento que recuerda el lugar donde se almacenaban los granos para el abastecimiento de la Ciudad. Junto a él, menor importancia tenía el ‘‘camino de Burjassot’’, que terminaba antes de llegar a la real acequia de Moncada.



Sin embargo, aunque no condujeran a ninguna población, lo que podríamos considerar el ‘‘primer cinturón de ronda histórico’’ de la Ciudad lo constituían los caminos que la rodeaban por fuera de la muralla. Desde la torre de Santa Catalina, ubicada junto al actual IVAM, hasta el Baluarte de la Ciudad, a izquierda o derecha, dos importantes y frecuentados caminos necesitaban de un mantenimiento para su conservación para la que se dictaron por la Fàbrica de Murs e Valls provisiones muy estrictas que debían cumplirse so pago de las penas establecidas en las mismas, pues los hoyos y pasos dificultosos donde pudiera detenerse el agua podían dañar los paredones del río, camino y murallas de la ciudad. De ahí el que se establecieran prohibiciones como la de sacar tierra del espacio comprendido entre el Pont Nou y el portal de la Trinidad, pues servía de defensa contra posibles riadas, so pena de 60 sueldos y la pérdida de las caballerías del que lo hiciese; prohibición pregonada para que no se pudiese alegar ignorancia.



El principal problema para el mantenimiento de esta red de caminos lo constituía el agua procedente del riego de las huertas que, si no era debidamente controlada por los huertanos, los encharcaba y deterioraba; de ahí la necesidad de establecer rígidas medidas y penas para quien fuera el causante de estos desperfectos. Además, dado el complejo sistema de los regadíos de la vega de Valencia, con innumerables acequias, ‘‘sequiols i sequiolets’’ que distribuían el agua por todos sus confines, el cruce de los caminos obligaba a la construcción de pequeños puentes para hacerlos practicables; por ello, la mayor parte de las disposiciones de la Fàbrica que recopila J. Lop en su obra, van dirigidas a establecer a quién compete la obligatoriedad de su mantenimiento.



También fue un problema para su mantenimiento el tráfico pesado, es decir, las carretas de gran carga que abastecían a la Ciudad, como así pudimos constatar en época contemporánea con las ‘‘vías para carros’’ dispuestas en el camino del Grao y vías de Tránsitos. Pero, no menor lo fue la recogida por los huertanos de los excrementos de las caballerías que, cual ‘‘preciado fruto’’ para sus huertas, eran recogidas por ‘‘els fematers’’ con sus azadones que tuvieron que ser prohibidos, dentro y fuera e la ciudad, estableciendo que sólo llevaran para su ‘‘recogida’’ una escoba y un capazo.



Tags: Valencianismo, catalanismo, carod, Montilla, Sentandreu, Coalición

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