Martes, 26 de junio de 2007
Publicado por La_Seu @ 10:14
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San Vicente, más allá del Reino










  En 1417, Francia era un doble campo de batalla, debido a un conflicto civil simultáneo a la guerra que sostenía con Inglaterra. Después de la victoria inglesa de Azancourt, los franceses, desesperanzados, recibieron la visita del padre Ferrer, hábil político y sanador de almas. Otro valenciano célebre iba con él: el venerable mercedario Juan Gilabert Jofré a quien el mundo le debe la fundación del primer hospital para enfermos mentales. También integraban la comitiva centenares de penitentes y predicadores galos que se sumaron a ella, al llegar a Lyon.



Allí vivía el sastre Ferdinand, famoso entre los suyos, no porque fuera un maestro del oficio, sino por animal. El sujeto había contraído esponsales, cinco años antes, con una valenciana tan rica como incasable. Mientras duraron los preparativos de la boda, todos brincaban de alegría: la feísima Dolores, libre ya de vestir santos, sus padres y el bruto del novio, desposado por interés que, a poco tiempo del casorio, ensombreció esos gozos, propinándole a su mujer una supina paliza.



Gastón, un médico vecino de la pareja que tuvo la caridad de asistirla, se quedó impresionado del daño causado a la infeliz. “Dice que me hará guapa a palos”, le confesó Dolores, provocando en su benefactor sentimientos de piedad y de ternura infinita. Porque Dolores era amable y virtuosa, un ángel que no merecía el trato de aquél bárbaro. De modo que, valiéndose de la diplomacia adquirida por sus estudios, amonestó al sastre. Baldío empeño. La mujer, fue agredida otra vez y harto de verla sufrir, Gastón, aprovechando la visita de San Vicente Ferrer, recurrió a él como último recurso, dada su fama de resolver lo imposible.



El voluntarioso médico, abriéndose paso entre la multitud que rodeaba al santo frente a la catedral, logró que el dominico lo escuchase pese a los empellones recibidos por los miembros de su séquito. “Mis obligaciones me impiden visitar a ese hombre injusto- le dijo- Pero dile a mi paisana que rogaré por ella al Señor.”



Transcurridos unos días, cuando la procesión penitencial andaba lejos de Lyon, la noticia alborotó al barrio. Dolores se había transformado en una mujer bellísima. Flaca, fresca y guapa de la noche a la mañana, desprovista del oscuro vello que recubría sus mejillas y de la cárdena verruga del entrecejo, Dolores despertó por igual admiración y envidias. Su esbeltez incluso ofendía a las vecinas, que envenenaron al sastre, soplándole al oído dudas acerca de la honorabilidad de la esposa ¡A saber qué artimañas malditas había utilizado para experimentar ese insólito cambio!



Para Ferdinand, la repentina hermosura de su cónyuge comenzó a ser un tormento. Una sonrisa ajena, un gesto o un saludo afable, una mirada cualquiera dirigida a ella, se le antojaba obscenidad; se volvió posesivo, celoso, misántropo hasta descuidar el negocio, ruina que además le achacaba a ella. Nuevas palizas, nuevos oprobios. Esta vez por motivos diferentes.



Una noche, en la puerta del médico repicaron unos golpes. Una llamada de socorro urgente. Era Dolores que, apaleada y abatida, le suplicaría a su vecino un poco de aquella compasión, que él le demostró cuando era un adefesio. “Dios mío, cuánto he anhelado abrazarte, querida. Huye conmigo. Vayámonos lejos de aquí hoy mismo, donde nadie nos haga daño jamás”, le propuso Gastón. Y así fue. Porque desde entonces ambos fueron una pareja errante pero unida el resto de sus días. No se sabe si gracias a San Vicente o al sentido común de los prófugos.



Las mariposas

Dos décadas de apostolado, repletas de vicisitudes y próximo a cumplir los setenta años, san Vicente Ferrer enfermó, mientras predicaba en la ciudad de Vannes. Los duques de Bretaña, atendiendo al ruego suyo de morir entre sus paisanos, acondicionaron una embarcación que lo devolviese a Valencia. Pero apenas iniciada la travesía, un vertiginoso empeoramiento de su salud, determinó el rápido regreso a la costa bretona, con la vaga ilusión de poder salvarle la vida en tierra firme. Trasladado a la corte, expiraría poco después, recién estrenada la primavera de 1419.



La propia duquesa lavó el cadáver antes de ser expuesto en la capilla ardiente de la catedral, por la que desfilaron numerosas almas para rendirle un postrero homenaje al dominico. La majestuosidad del catafalco contrastaba con el austero manto que lo cubría, impregnado del intenso perfume vertido por la noble dama, al amortajarlo. De pronto, los allí congregados presenciaron un hecho prodigioso. Por las ventanas ojivales del templo se coló una densa nube de mariposas blancas (las tradicionales “palometas”, propias de la zona valenciana), que volaron alrededor del túmulo hasta posarse, atraídas por la esencia, sobre la capa del santo, a cuyas exequias Dios envió una bella y generosa representación de su tierra natal, que le guardaba al padre Ferrer luto a distancia.


 



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