Viernes, 15 de junio de 2007
Publicado por La_Seu @ 19:09
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La Lonja de Valencia. 1870 (Archivo gráfico J. Huguet).




Los ‘saraos’ en la Lonja de mercaderes











(*) Universidad CEU Cardenal Herrera



La Ciudad organizaba grandes celebraciones para festejar y agasajar a tan regias visitas: las cacerías en la dehesa del Saler, las meriendas en el real lago de la Albufera, incluidos los paseos en barca al atardecer entre saltarinas llisas por el ‘lluent’ y la Mata del Fang, las obligadas visitas a los muchos monasterios de regio patronazgo que en la ciudad y aledaños había; sin faltar la organización de juegos de cañas y torneos que en la plaza del Mercado servirían para lucir sus armas, colores y galas toda aquella numerosa cortesanía de Valencia, cuya importancia ya puso de relieve J. Münzer: “Viven en la ciudad dos duques, uno de ellos hijo del papa Alejandro VI; muchos condes, como los de Oliva y de Anversa, y más de quinientos caballeros…” y corroboraba el manuscrito de la Floresta española en el siglo XVII: “Aquí tienen sus casas y ordinarias asistencias los duques de Segorbe, los de Gandía; los almirantes de Aragón, que son duques de Beraguas; los marqueses de Guadalest, los de Denia, los condes de Ribagorza, los de Oliva, los de Albayda, los de Almenara, los de Gayano; el maestre de Montesa, que es marqués de Navarrés; el marqués de Sierra Nova; el vizconde de Chelva; los condes de Elda”. Y, como es natural, en días de festejo el marco de la plaza del mercado lucía singularmente con multicolores banderas, enjaezadas cabalgaduras, escudos, yelmos y penachos provocando la admiración de los presentes que, desde los catafalcos montados al efecto, balcones de alquiler, cuando no de los tejados de las casas, que el mustaçaf controlaba se hallaran en buen estado para evitar hundimientos, acudían al escenario para contemplar aquellos espectaculares festejos de tradición medieval.



Y, además de las recepciones minoritarias que los virreyes ofrecían en el marco del Palacio del Real a toda aquella nobleza, las corridas de toros, luminarias o los desfiles con los que en el llano del real rendían pleitesía a Sus Majestades los innumerables gremios de la Ciudad con sus inventivas, ingenio y ocurrencias, no podía faltar como colofón de los actos el ‘sarao’, gran fiesta con música y baile en el mejor y más bello marco que la Ciudad poseía, la Lonja de los mercaderes, digno monumento que recordaba en su majestuosidad y emblemática de medallones, los pasados tiempos en que Valencia fue la ciudad más importante de la Corona de Aragón. Allí, las damas de Valencia lucían sus mejores galas entre destellos de ricas joyas que centelleaban a la luz de las antorchas que iluminaban la estancia: “Las damas de Valençia en general son hermosas, políticas, vizarras y discretas y mui corteses; la qual propiedad profesan con gran bondad y honestidad, así con los naturales como con los extranjeros”, dice la Floresta… (preferimos callar las opiniones que sobre afeites y vestidos expresan Münzer y otros).



De dos célebres ‘saraos’ tenemos crónica que nos dejan, tanto la profusa información de la serie del Manual de Concells del Archivo Municipal como la detallada explicación del manuscrito de Felipe de Gauna que se halla en la Biblioteca Universitaria de Valencia. El primero de ellos se celebró en 1586, cuando Felipe II, acompañado por los infantes Felipe e Isabel Clara Eugenia, visitó la Ciudad al regreso de las Cortes de Monzón de 1585, que celebraban conjuntamente los territorios de la Corona de Aragón. El segundo, tuvo lugar en 1599 con motivo de las reales bodas de Felipe III y Margarita de Austria así como de sus respectivos hermanos, el archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia, oficiadas en la catedral de Valencia por el Santo Patriarca.



Y el desarrollo y protocolo en ambos fue muy semejante; se iniciaban sobre las cuatro de la tarde con un refrigerio. Recordemos el de la visita de Felipe II. Tras entrar en la Lonja por la plaza del Mercado, “entraren en lo consulat a veure la colació que la ciutat tenia aparellada pera Sa Magestat y Alteces, la qual estava sobre una gran taula que estava parada en lo dit consulat, sobre la qual hi havia cent plats molt grans de obra de manises, plens tot lo posible de diverses confitures, aixi ordinaries com exquisites, molt ben daurades y adrezades de banderetes molt ben trepades… Sa Magestat donat orde que dita colació lo dia apres del sarau se envías a les dames que serien vengudes de festa al dit sarau, ço es un plat a cada una de aquelles”.



Tras los protocolarios saludos, ya en sus asientos en el estrado dispuesto en la puerta que daba a la plaza de la Llonja del Oli, dio comienzo la danza cuando el rey se dignó aprobar el ‘memorial’ o programa; pues, no se trataba de una mezcla confusa de danzantes, sino que cada pareja, comenzando por las de más alto rango, iban mostrando su habilidad sucesivamente y siempre sujetas al ceremonial minuciosamente reglamentado “y qui primer danza fon lo Illustrissim señor don Francisco de Rojas y de Sandoval, marques de Denia, ab la señora doña Francisca de Proxida y de Cabanyeles, los quals danzaren una alta y una baixa. Apres danza lo dit don Jaume Febrer, loctinent de general governador ab la señora doña Francisca Ferrer, filla de aquell. Apres danza don Giner Rabaza de Perellos ab doña Hipólita Centelles y de Mercader, muller de don Gaspar Mercader, y apres molts altres cavallers y dames que eren vengudes de festa, que serien com setenta dames, poch mes ó menys. Fon vellisim çarau, en lo qual hi hague moltissima gent, e la dita llonja estava rodada de cadafals, los quals estaven plens de dames e señores que eren vengudes a veure la festa”.



Muchísimo más detalle recogen los capítulos LXII y LXIII de la obra de F. de Gauna sobre el sarao de la Lonja celebrado en abril de 1599. También el pueblo fue partícipe de tales festejos; en los escalones del enlosado de la Lonja “quatro músicos con sus biguelas de arco y rabeles, muy bien templados y concordados los tañian por mas regocijar las fiestas y entretener la infinitud de gentes de la ciudad y criados pages de los caballeros del sarao que les escuchavan con mucha atención lo que tañian y cantavan con sus buenas bosses”. Se popularizó un romance que los ciegos difundieron por las tierras del Reino:



“El dia que el rey Felipe



se casó dentro en Valencia



para darle con sus bodas



en el mundo fama eterna.



Domingo por la mañana



me vestí con mucha prisa



pretendiendo muy despacio



gozar de toda la fiesta.



Di conmigo en el Mercado,



no a mercar que soy poeta,



que esto basta para ser



depósito de pobreza,



sino a ver lo que allí había,



porque apenas hay quien venda,



de mucha gente que vi



mirando la boca abierta…”.



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