S?bado, 17 de marzo de 2007
Publicado por La_Seu @ 10:22
Comentarios (0)  | Enviar


Vida y ocio

Tres siglos sobre la piel






Labrador valenciano con manta de lana.

 

Un repaso a la historia del traje sitúa a los valencianos como pioneros en moda al exportar al mundo tejidos de seda y abanicos


 

TERESA TORRES/ VALENCIA



 

El siglo XVI, en pleno Renacimiento, sumido en la valoración del hombre por encima de todas las cosas, marcó en nuestro país el comienzo de la publicación de los primeros tratados de geometría y trazas para el oficio de sastres. Fue aquí cuando la moda cortesana española se impuso en el resto de Europa y la Comunitat Valenciana, ya pionera en el seguimiento de la moda, creó tendencias de confección de raíz morisca, así como tejidos y abanicos que se exportaron por todo el mundo.



Partiendo de estos años de esplendor en la moda española y hasta finales del siglo XIX, tras los avances de la revolución industrial textil, Ruth de la Puerta realiza, tras casi diez años de investigación, un amplio análisis inédito sobre el vestido y el adorno de tres siglos en nuestro país en La segunda piel. Historia del traje en España.



Un completo estudio, editado por la Biblioteca Valenciana sobre la vestimenta de “uso civil tanto culto como popular” en España, así como su repercusión en la Comunitat Valenciana, revela una estructura del vestido tradicional con elementos que parten de la moda culta del siglo XVIII.



Al echar la vista atrás, nos vienen a la mente mujeres vestidas con faldas plegadas sobre enaguas o fajos y protegidas con delantal. Pañuelos, chales, sombreros, mantillas y mantones de Manila de seda eran prendas esenciales para cubrir la cabeza y los hombros. Al igual que hoy el bolso se ha convertido en un complemento casi imprescindible, entonces nunca se separaban del abanico, la sombrilla o el pañuelo.



En cuanto al traje masculino, partía del uso de camisas, chaquetas, calzones o capas, junto con sombreros, bastones, relojes y alfileres de corbata, con importantes diferencias a lo que hoy conocemos. Por su parte, los tejidos más usados eran lana, lino, seda y, en menor medida, cáñamo.



Artesanía valenciana

Inmersos en estos siglos, adquieren una especial relevancia los artesanos valencianos que, junto con los sastres, desarrollaban técnicas manuales para la realización de abanicos, espolines y vestidos de seda, joyas y zapatos, creando una industria que incorporaba las innovaciones técnicas del exterior.



Este desarrollo propició una industria puntera en el siglo XVIII y parte del siguiente en distintos puntos de la Comunitat, como Valencia (seda y abanicos), Morella (lana), Alcoi (lana), Ontinyent (lana), Aldaia (abanicos) o Requena (seda). “Las artesanías valencianas adquirieron tal importancia que no tenían nada que envidiar a la Corte de Madrid”, destaca la autora.



Dentro de la moda en la Comunitat, el traje de valenciana y la elaboración del calzado adquirió una especial relevancia, que ha llegado hasta nuestros días. Mientras que el vestido, que imita el francés del siglo XVIII y se compone de dos piezas fundamentales –el corpiño o jubón y la falda–, conserva hoy día el mismo proceso de elaboración; para la realización del zapato se han introducido en la actualidad algunas innovaciones técnicas.



Con todo ello, partiendo del siglo XVI, se puede destacar dentro de las prendas femeninas la saya o el sayuelo, compuesto por una falda y un cuerpo que llegaba hasta las rodillas, o el vaquero, que lejos de parecerse a la prenda que conocemos hoy en día, conformaba un traje entero característico de los niños y de las mujeres de alto poder adquisitivo.



Asimismo, se podía colocar encima de la saya lo que se conocía como la ropa, una prenda abierta por delante y con mangas, o la galera, que se diferenciaba de la anterior porque se ajustaba al talle y tenía costura en la cintura. Finalmente, sobre los vestidos, las mujeres se colocaban gran variedad de mantos.



No obstante, la moda femenina de este siglo atravesó varias fases, mientras que en las primeras décadas destacaba su sencillez, después se creó un traje cortesano. Hacia 1540 se tendió a la uniformidad y durante la segunda mitad del siglo el vestido de mujer resaltó la estrechez de la figura, aunque, eso sí, borraba las formas del cuerpo aprisionándolo.



En cuanto al traje de hombre del siglo XVI, se puede decir que atravesó dos momentos críticos. El primero fue el paso al estilo imperante, es decir, con influencias flamencas y alemanas, de gran colorido, donde destacaban, dentro de las prendas de abrigo, el conocido sobretodo, una prenda recta y abierta o cortada en capa, bien diferenciado del gabán, largo y con capucha. El segundo momento se caracterizó por la pérdida de variedad, con tendencia a ajustar las prendas al torso y a los brazos, tal y como se hacía con el traje de mujer, y a abultar las caderas. Los cuellos de lechuguilla también tuvieron su protagonismo y fueron aumentando hasta subir por detrás de las orejas.



De la saya a la falda drapeada

Durante el siglo XVII, las mujeres siguieron vistiendo, al igual que en el siglo anterior, las sayas de escote cuadrado y talle en pico, con algunas novedades en las lechuguillas y los peinados. Las prendas colocadas bajo las faldas con el objetivo de ahuecarlas se fueron sucediendo, desde los verdugados, pasando por el guardainfante que empleaba un artilugio de mimbre, hasta el sacristán en el que unos aros ovales ampliaban la falda lateralmente. Los cuerpos seguían aplastando el pecho como ya se hacía en el XVI y los escotes, que eran de barca, tendieron a exagerarse.



El traje masculino mantuvo también durante este siglo el estilo anterior, con grandes cuellos de lechuguilla y abultadas calzas que se alargaron hasta llegar casi a las rodillas, mientras que la bragueta dejó de ser un elemento necesariamente visible y exagerado.



Una vez entrados en el siglo XVIII, la dama de clase social elevada que pretendía seguir la moda podía ataviarse según la tendencia española para ir a la Iglesia, con el abanico en una mano y el rosario en la otra, y según la moda internacional para asistir a espectáculos y estar en casa. Fue a finales de siglo cuando encontramos una verdadera revolución en el vestido, que se simplificó al suprimirse los materiales rígidos y el talle se subió hasta debajo del pecho.



En cuanto a los hombres, podían, al igual que las mujeres, vestirse a la moda española, con traje de majo, o a la internacional, con un traje afrancesado, identificado con el atuendo de los mosqueteros, o con el frac de paño oscuro inglés, con chaleco y pantalón largo ajustado.



En el siglo XIX, se vuelven a suceder los cambios, rememorando inicialmente el estilo de siglos anteriores. El traje femenino albergó el denominado vestido romántico fernandino, con el que volvió la cintura a su sitio natural, reaparecieron los corsés metálicos y emballenados, los escotes se cerraron en los vestidos de calle y las mangas se adornaron con hombreras. El vestido romántico isabelino mostraba rasgos típicos de la moda anterior, pero cambiando la silueta femenina por el volumen del miriñaque (ahuecador interior de faldas). El vestido alfonsino consistía, en cambio, en un cuerpo y una falda sobre polisón, a menudo provista de una cola denominada pompadour. Tras el polisón, se pusieron de moda los vestidos en “S” con falda triangular drapeada de tipo alemana, es decir, con flecos, tablillas o volantes en la parte baja.



Respecto al traje masculino, vivió en el siglo XIX otra revolución, esta vez desaparecieron las pelucas, casacas, bordados y medias blancas de seda por el traje confortable, práctico y los paños. De Londres, procedieron prendas como el frac, el chaqué y la levita.



Un trabajo inédito

Todo un repaso pormenorizado a la historia del traje es, precisamente, lo que ha llevado a cabo Ruth de la Puerta, quien destaca la dificultad en el proceso de elaboración, dada la inexsistencia de trabajos anteriores tan completos.



“He seguido los pasos de la catedrática Carmen Bernís, que ha publicado muchos libros sobre el traje, aunque ella abarcaba temas concretos, nunca con el enfoque que yo he dado”, apunta la autora.



No obstante, De la Puerta agradece la amabilidad de los artesanos a los que entrevistó, así como la ayuda de Mariló Mascuñán y la aportación de coleccionistas como Antonia Martínez o Javier Blasco.



Con todo ello, La segunda piel. Historia del traje en España conforma una historia amena sobre nuestra forma de vestir, un estudio con el que el lector puede meterse en la piel de sus antepasados y conocer la forma y el nombre de unas prendas que hoy son sólo un recuerdo.



Tags: Valencianismo, catalanismo, carod, Montilla, Sentandreu, Coalición

Comentarios