Mi?rcoles, 14 de marzo de 2007
Publicado por La_Seu @ 13:42
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El año en que las fallas descubrieron a Juan Huertas









F. P. PUCHE/






El artista fallero Juan Huertas.


En el año 1957, ahora hace medio siglo, la fiesta fallera descubrió caminos nuevos de gracia y creatividad. Porque un joven artista, Juan Huertas, que ya llevaba un par de años destacando, se consagró definitivamente al conquistar el primer premio y el “ninot indultat”. Sus figuras, su forma de modelar el cartón, tenía una gracia nueva: un estilo que sin perder la tradición de la sátira estaba bebiendo en fuentes de dibujo y diseño que evocaban el cómic y una clara modernidad.



En 1956, el año de la gran helada, Huertas ya destacó. Hubo ese año dos “ninots indultats” y si uno era de Pepe Barea, que retrató a un barrendero famoso en la ciudad, el otro fue una pareja de turistas, indios americanos con plumas, en los que Juan Huertas puso la gracia de lo desmedido, una caricatura formal que no rompía con la chispa de la tradición. Pero en 1957, el joven escultor fue al copo y se lo llevó todo en su trabajo para la comisión de José Antonio-Duque de Calabria. El primer premio de la sección Especial y el “ninot indultat”.



Huertas usó como tema los tiempos prehistóricos y se adelantó treinta años a los creadores de los Picapiedra y Parque Jurásico. En la parte superior de su falla había un enorme dinosaurio, mucho mejor y más divertido de los que ahora adornan los parques temáticos. Y en las escenas de las bases, un constante contrapunto entre la prehistoria y los tiempos modernos, llena de gracia, comicidad e ingenio fallero del bueno. La pareja de “ninots indultats” se puede ver en el Museo y es probable que haga rechinar los dientes a las feministas: el caso es que muestra a un neandertal con cara de bestia y barriga cervecera, armado con cachiporra, que agarra de la mata de pelo a una esposa tan hermosa como poco complacida. La falla entera de Huertas era una metáfora evidente. Los tiempos nuevos se presentaban primitivos y bárbaros, las costumbres importadas, los nuevos usos sociales mal asimilados, parecían olvidar las reglas de la tradición y rompían con valores consagrados. Cada generación es probable que diga lo mismo; pero en la Valencia que ya venteaba los años sesenta, el mensaje cayó bien y la falla, de líneas novedosas, mucho mejor.



Cuando el joven artista acudió a la plaza del Caudillo a recoger sus estandartes, recibió la alegría mayor que podía esperar: porque en la tribuna estaba, para felicitarle efusivamente, el maestro de los maestros, Regino Mas, recién llegado de la República Dominicana, donde temporalmente había ido a trabajar en la confección de carrozas y decorados de ferias comerciales. La historia fallera todavía reservaba carrera al gran Regino; pero muchos piensan que ese año se firmó un relevo generacional en un mercado de artistas donde, para que hubiera verdadero calor de competición, estaban activos nada menos que Vicente Luna, Julián Puche, Vicente Tortosa, los hermanos Fontelles, Salvador Debón y Modesto González.



Andando el tiempo, el artista Juan Huertas, apartado directamente de la actividad fallera, ha sido el maestro de los escultores de la firma Porcelanas Lladró, donde ha dejado lo mejor de su magisterio.

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