martes, 23 de enero de 2007
Publicado por Desconocido @ 10:41
Comentarios (0)  | Enviar
Aquel gran Carnaval

Esta celebración tuvo notoria brillantez en Valencia y su fama se extendió a toda España en la época foral y renacentista, hasta que las prohibiciones la hicieron decaer


F. HERRERO/

Nada mas ni nada menos que Lope de Vega cabalgando una mula y disfrazado de Don Carnal abría el abigarrado desfile del último día del Carnaval valenciano de 1599, con que la ciudad quiso que el rey Felipe III –que había venido a Valencia a casarse– admirase unas celebraciones que tenían fama en toda España.

En aquella ocasión todas las mascaradas que ordinariamente recorrían la ciudad con gran alborozo, y también descaro, no solo las populares, al son de guitarras y panderos y danzando al gusto de la época, sino también las aristocráticas, con alarde de sus más ricos trajes y habilidades ecuestres, acudieron al llano frente al Palacio Real para diversión del monarca.

El valenciano Felipe de Gauna, testigo de la estancia de Felipe III en Valencia y cronista de los hechos acaecidos en un detallado dietario de las fiestas reales, que lleva el título –resumido aquí– de Libro copioso e muy verdadero del Casamiento de las Magestades del Rey de España don Phelipe tercero con doña Margarita de Austria en su ciudad de Valencia y de las grandes fiestas que se celebraron, reseña como Lope de Vega –que había llegado a Valencia para la boda real en el séquito del marqués de Sarriá– “cabalgó a la jineta, con petrel de cascabeles, y colgando al cuello y de los brazos y de la silla muchos conejos, perdices, gallinas y otros volatiles” representando a Don Carnal, mientras otra máscara iba “cargada de abadejos, sardinas y otros pescados” anunciando la Cuaresma.

Felipe III, disfrazado
Vicente Vidal Corella en una de sus crónicas en las páginas de LAS PROVINCIAS, anota que “se cita que el Rey tomó parte muy activa en las fiestas carnestolendas, formando una cuadrilla de máscaras con algunos caballeros de su corte y cabalgando por el llano del Real y también por las calles de la ciudad, “bellísima”, a decir del propio Lope, que escribió sobre ella:

“Aunque me dio contento Barcelona, / Valencia me ha agradado sumamente. / Bellísima ciudad’’.

Valencia tenía todavía próximos los fastos de la corte virreinal de Germana de Foix y su tercer esposo, el Duque de Calabria. Manuel Sanchis Guarner subraya el “goig de viure” que imperaba en esa Valencia renacentista, y, también, en su libro La Ciutat de València, se hace eco de un texto del escritor valenciano de aquella época, Gaspar de Mercader, que enumera las fiestas valencianas que merecían ser conocidas por los forasteros y, entre otras y prolijas alusiones, evoca “escuchar entonadas vozes enseñadoras de Orfeo; danças, máscaras y saraos”, con lo que está aludiendo al Carnaval de Valencia, que, como ya hemos dicho y visto, tuvo notoria importancia y brillantez, y que con el paso del tiempo conoció diversos avatares, no siempre propicios, pues las autoridades, religiosas y civiles, mostraron siempre empeño por “ordenar” y “regular” el Carnaval, es decir, constreñir su desafiante espontaneidad y, de no poder, prohibirlo.

Ordenanzas y prohibiciones
La historia gloriosa del Carnaval de Valencia, recuerdo etnológico de un pasado dorado de acusada identidad y vitalidad desbordante durante la época foral y renacentista, ha estado cuajada de prevenciones de la autoridad.

Vidal Corella recoge de las Ordenanzas Municipales de la Ciudad de Valencia de 1879, en lo que podríamos considerar ya la época terminal del gran Carnaval que había conocido la ciudad, una serie de prohibiciones. “Las máscaras y comparsas –se dice en las disposiciones – sólo podrán circular durante los tres días señalados como de Carnaval, desde las dos de la tarde hasta las primeras oraciones”, es decir, al anochecer, y a los que concurriesen a bailes nocturnos sólo se les permitía la máscara en el interior y deberían quedar “a cara descubierta cuando andasen por la calle” y, asimismo, se advertía que no se permitiría la entrada en los bailes públicos a los que llevaran “capa, manta o pieza de embozo, aunque ello formara parte del disfraz”; se prohibía el uso de trajes oficiales o uniformes “que pudieran causar ofensa o servir de crítica”...

Con estas, y otras, constricciones no es de extrañar que el Carnaval, a finales del mil ochocientos, fuese decayendo.

El Carnaval de los notarios
Como demostración de la amplitud social del antiguo Carnaval valenciano, que abarcaba todo el entramado ciudadano, Vidal Corella cita te dietarios del siglo XVII “que mencionan la participación en las mascaradas de Carnaval de personajes de marcada seriedad, como eran los notarios, que siempre han tenido fama de hombres graves”. Así, recoge noticia del 23 de enero de 1677, “en que al regocijo del Carnaval, se unió una gran mascarada formada por los notarios de la ciudad y sus pasantes que salieron muy ricamente vestidos, montados en briosos caballos bien enjaezados y adornados con cintas y volantes, y que estuvieron paseando hasta el anochecer por toda la ciudad, reuniéndose finalmente en la plaza de Santo Domingo donde presenciaron un castillo de fuegos artificiales, costeado por los propios notarios”. Añade Vidal que quiso la mala suerte que “el ruido de los cohetes y las carcasas espantó algunos caballos atropellando a bastante gente, que se defendió dándoles cuchilladas”, aunque no consta en las crónicas la existencia de víctima alguna, sólo “susto y carreras”...

Hay que reseñar respecto a aquella época que en la misma crónica se habla de que “como de costumbre, muchas máscaras por las calles iban disparando mosquetes y arcabuces”...

Un poco antes, en 1625, mosén Juan Porcar, capellán de la iglesia de San Martín escribe en su dietario que “los studiants feren una maixquera ridícula com ells acostumen disparatada que donaren que riure a tots ab tanta diversitat de invencions”.

Tags: carnaval valéncia, catalanismo, Coalición, valencianismo

Comentarios