domingo, 07 de enero de 2007
Publicado por Desconocido @ 11:09
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Manolo Valdés pintor y escultor

“Cuando alguno de mis personajes vuelve no le ofrezco resistencia”
Hace tiempo que sus esculturas, ahora en Valladolid y el próximo abril en Valencia, recorren Europa, pero vive en Nueva York donde recibe baños de humildad
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ANGÉLICA TANARRO/ VALLADOLID


Es el autor de alguno de los iconos del arte español del siglo XX. Trabajaba en equipo hasta que la muerte repentina de su compañero, Rafael Solbes, deshizo Crónica y le llevó a un aprendizaje que no esperaba: el de tomar decisiones en solitario. De eso hace más veinte años. Desde entonces no ha parado de combinar escultura y pintura. Los personajes de Manolo Valdés (Valencia, 1942) hace tiempo que han tomado las calles. Valladolid –dentro del programa Arte en la calle , de la Fundación La Caixa– y Düsseldorf comparten ahora el honor de acoger sus meninas, sus odaliscas y sus obras en bronce más recientes. Esta exposición, que viajará por varias ciudades de Europa, recalará en Valencia el próximo abril. Desde su estudio en Nueva York, ciudad en la que se instaló hace años, permanece atento a lo que ocurre en su país.

–¿Cómo ve a sus personajes a pie de calle?
–Estas esculturas van a la calle con intención de hacer amigos (risas). Y me da mucha satisfacción que se produzca un empate con la gente de la ciudad. Ese es el objetivo, aunque también puede haber gente a la que no le gusten en absoluto y eso está bien. El papel de la Administración es promover proyectos diversos porque la gente lo es. Es necesario ofrecer distintas formas de ver, que estén próximas a sensibilidades distintas. En cuanto a mis esculturas, me gusta su proximidad con la gente, no me importa que las toquen porque siempre lo hacen con respeto.

–Y si la montaña no va a Mahoma... ¿Por qué sigue siendo difícil llevar a la gente a los museos de arte contemporáneo?
–Si comparamos la situación con otros momentos históricos ahora los museos están llenos. Hablo de los museos en general. Cuando vuelvo a España veo colas en el Prado y en el Thyssen. Ahora la cultura tiene gran protagonismo, no hay más que ver las tiradas de los libros. Lo que pasa en España es un reflejo de lo que pasa en el mundo. En cuanto a lo del arte contemporáneo... El problema es que la historia del arte es muy larga, pero los artistas vivos tendemos a ocupar los espacios, presionamos para estar ahí, cuando al arte contemporáneo, proporcionalmente, le correspondería un tiempo menor y un espacio menor. El resultado es que algunos museos de arte contemporáneo funcionan como galerías y algunas de las cosas que ofrecen no sabemos si resistirán el paso del tiempo, pero entran con más facilidad.

–Algunas obras expuestas en Valladolid y que se podrán ver en Valencia están hechas ex profeso para la exposición y otras son anteriores. ¿Cómo sabe si van a llevarse bien?
–Es difícil saberlo, porque una de las cosas que he descubierto con estas exposiciones itinerantes es que las esculturas no parecen las mismas, ni funcionan igual dependiendo del entorno en el que se sitúan. La exposición que tengo ahora en Düsseldorf estuvo antes en el Palais Royal en París, y parecía otra exposición. No es lo mismo ver uno de estos personajes en Park Avenue rodeado de coches y entre el sonido del tráfico, que en el desierto de Arizona, con ese cielo rojo propio del western americano y donde los únicos ruidos los ponen los coyotes. Estoy preparando un libro con estas sensaciones, un libro que no se acaba nunca porque uno tiene la ambición de recogerlo todo y las esculturas no paran de un lado para otro.

–El Equipo Crónica no sólo supuso una ruptura en el lenguaje del arte que se hacía en España sino que revisitó algunos personajes de la historia de la pintura procedentes de Velázquez o Matisse. Algunos se quedaron en su estudio para siempre. ¿Qué le siguen diciendo las meninas al cabo del tiempo?
–Uno nunca sabe cuándo un personaje va a entrar en el estudio, pero tampoco cuándo va a salir de él. Mi posición es de no rechazarlos nunca cuando vuelve y vuelven. Podría haber actuado de otra forma. Decir “¡qué narices voy a decir nuevo sobre ellos!”. Pero siempre creo que puedo hacer algo mejor. Que estoy más preparado. Que sé más cosas... Así que no huyo, me dejo llevar y, si vuelven, no ofrezco resistencia. Porque mi trabajo no está basado en la originalidad sino en conseguir que la obra esté bien hecha.

–Algunos temas los trabaja a la vez en pintura y escultura. Y, analizándolos, se diría que una y otra han evolucionado en su caso de forma diferente. Por simplificar, la pintura es más gestual mientras que la escultura va más a la esencia.
–Seguramente es así. Sí. Aunque en el caso de la escultura destinada a la calle, a la proximidad con el espectador, hay condicionantes de tipo práctico. No pueden quedar restos que puedan pinchar o suponer un peligro para la gente. Hay que tapar agujeros. Eso supone un reto profesional. Trabajo con libertad pero al mismo tiempo con limitaciones. Eso te obliga a pensar.

–Suele decir que cuando murió Rafael Solbes no sólo tuvo que aprender a tomar decisiones en solitario, sino que tenía la sensación de que empezaba de nuevo. ¿Qué balance hace de esta segunda etapa en su vida artística?
–Tengo la sensación de haber nacido dos veces al arte y de haber hecho dos veces el camino. Lo que pasa es que la segunda vez jugaba con ventaja porque tenía las alforjas llenas. Las cosas podían haber sucedido de otro modo.No sé. Haberlo dejado. Pero no fue así y ahí ha quedado el trabajo.

–Cuando un museo como el Reina Sofía le hace una restrospectiva como la del año pasado, ¿piensa que ha llegado a la meta?
–No, no. Son cosas que te dan más responsabilidad. Pero afortunadamente vivo en una ciudad en la que cada día pasan cosas muy importantes. Sin ir más lejos en el Guggenheim está la exposición Del Greco a Picasso y en el Whitney, una exposición sobre la influencia de Pablo Ruiz Picasso en la pintura americana, así que no hay más que salir a la calle para darse un baño de humildad y ver lo que otros han sido capaces de hacer. Así que no, no pienso que haya llegado a ningún sitio.

–Como artista, ¿qué le ha dado Nueva York?
–Mucha información. Esta ciudad a la que vine por azar y de la que me quedé completamente enganchado, tiende a la excelencia. Todo lo que se hace se hace con ese propósito. Es una ciudad muy competitiva, siempre quiere lo mejor. Por eso cuando un artista tiene ofertas de varios sitios, guarda lo mejor para esta ciudad. Ese es su valor añadido. Yo suelo decir que en Nueva York no estamos los mejores pero que los mejores siempre pasan por Nueva York.

Valdés asegura que el arte contemporáneo español, al menos el de los nombres indiscutibles, ya tiene un peso importante en el mundo, como lo demuestran las dos exposiciones citadas o que artistas como Tàpies, Barceló o él mismo tengan obra en el MoMa. Y está satisfecho de que sus obras sigan haciendo kilómetros. De Valladolid a Córdoba, Valencia y Mallorca. Y de Düsseldorf a Helsinki... Su lugar en el mundo.
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