El Castillo de Cullera en el monte de las Zorras
Valencia Hui
Miguel Aparici (VH) .- Me gusta volver de cuando en cuando a Cullera y encaramarme a su castillo. Casi siempre por la tarde, para ver puestas de sol, y sobre todo en verano, para disfrutar de la brisa del mar. Al Cid no le pareció, siendo musulmana, una fortaleza nada desdeñable, y a Jaime I le interesó refortificarla. No en balde, este recinto elevado era la llave hacia y desde la taifa de Denia; que englobaba las navales Islas Baleares.
La media ladera sur del monte de Las Zorras, que apenas supera los doscientos metros sobre el llano aluvial y con deliciosas y profundas vistas, era una elevación practicable desde donde espiar los riegos de la tierra adentro y de la costa.
Pero tenía un punto vulnerable, el cuello de tierra por el que la mesetilla se unía a la montaña. Así que ahí precisó siempre de una torre fuerte, hoy en día aún robusta y felizmente restaurada por el exterior. Incluso con la roca base recortada, al pie, para crear cierto foso y servir de cantera.
En su día, estos muros defensivos pasaron de ser clave a ser turísticos. Ayudó a ello la apertura de un vial de urbanizaciones que nunca se construyeron (hasta ahora…) y que permitió el acceso de los coches; aunque en la actualidad se pide incluso un ascensor, con que librar los menos de cien escalones del remate peatonal.
El camino en zigzag, luego vía crucis, que sube desde las últimas casas de Cullera pasando por el torreón de la "Reina Mora" sólo sirve ya a enamorados de los paseos; destacando su uso por el vecindario cuando subieron, mano con mano, los materiales para el santuario franciscano de Nuestra Señora de la Encarnación que se levantó anejo al recinto.
Sin embargo, recuerdo siempre al de Cullera como un castillo cerrado a lo largo de muchos años. Aunque también es cierto que en una ocasión me fue facilitada la entrada, obteniendo fotos que cedí al experto Antonio Sánchez-Gijón para su libro sobre defensa de costas en el Reino de Valencia.
Un castillo infrautilizado en tiempos contemporáneos, al margen de pasados usos religioso-culturales, por una villa con vocación de atender a forasteros y visitantes. Es el santuario lo que da vida al lugar, lo que hace que sea un mirador especial; al que se puede subir en "trenecito" y quedarse a tapear en el barecillo. A donde las embarazadas acuden (acudían…) para que la Virgen les otorgara hijos bien formados ("Encarnación") y los devotos e, incluso, los curiosos vienen a orar, ver o comprar medallitas y recuerdos en la tiendecita de la puerta.