Medicina valenciana.
Medicina heredada
La ciencia internacional, desde el siglo XIII, se nutre de las contribuciones de los médicos de la Comunitat
C. VELASCO/ VALENCIA
al día como hoy de hace cien años se entregó el premio Nobel de Medicina a Santiago Ramón y Cajal, el sabio aragonés formado académicamente en Valencia, donde vivió y dio clase muchos cursos. Este año se conmemora también el quinto centenario de la muerte de Lluís Alcanyís, que, además de dar nombre al hospital de La Costera, fue el primer catedrático de Medicina de la Universitat de València y uno de los primeros cirujanos europeos que practicó disecciones en pleno siglo XV. Buenos exponentes ambos de la vitalidad histórica de la medicina valenciana.
El setabense Alcanyís, autor de un opúsculo para combatir las plagas y epidemias que diezmaban las poblaciones (Regiment preservatiu i curatiu de la pestilència), “fundó el primer colegio de cirugía en 1462 y reglamentó el Estudio General de lo que hoy es la Universitat de València”, según el catedrático de Historia de la Medicina, José María López Piñero, quien está organizando junto a su mujer una exposición en la Biblioteca Valenciana.
La muestra, que se celebrará el primer trimestre próximo año, pretende ser un recorrido por la figura y obra del prestigioso médico. La contribución de Alcanyís, que murió el 25 de noviembre de 1506, no es un caso aislado. Los galenos de la Comunitat, con pocos medios pero con mucha dedicación, pusieron sus granitos de arena en la ciencia que gira alrededor del cuerpo humano, sus enfermedades y su curación.
Gilabert Jofré
Gilabert Jofré fue el primero que luchó para que los locos fueran atendidos como enfermos al equiparar la locura y la debilidad mental con las enfermedades somáticas. Fundó, junto con otros diez ciudadanos de Valencia, el Hospital de Ignoscents, Folls e Orats (subnormales, alienados y dementes) en 1409.
El carácter moderno de este hospital se manifestó en su gestión, a cargo de hombres llanos: “ni presbíteros, frailes, caballeros, juristas o notarios... porque dicha obra debe ser totalmente laica”, según recoge el libro 12 ejemplos de contribuciones valencianas a la medicina internacional.
El manicomio de Valencia sirvió de punto de partida a la amplia serie fundada en el resto de España, en Europa y en la América colonial española.
Otro galeno que da nombre a otro hospital, Arnau de Vilanova, hizo su aportación a la ciencia en el siglo XIII. Su contribución fue traducir del árabe al latín obras básicas sobre medicamentos. Redactó las normas de vida sana dedicada a Jaime II. Sus obras fueron muy difundidas en Europa. De él, según 12 ejemplos de contribuciones valencianas a la medicina internacional, se recibió una imagen distorsionada ya que escribió un tratado sobre magia, astrología y alquimia que fue aprovechado por algunos para tacharlo de brujo.
Entre los médicos valencianos de los años de transición del siglo XV al XVI destaca Gaspar Torrella, sobre todo en la relación con las llamadas nuevas enfermedades, como entonces fue la sífilis. Acompañó a Rodrigo de Borja, es decir, el papa Alejandro VI, a Roma como facultativo de cabecera. Ofreció un estudio fundamentalmente clínico y terapéutico sobre la sífilis en su tratado con historias clínicas contra la pudendagra o morbo gálico (1497).
Gaspar Torrella da nombre a una calle de Valencia. Lo mismo sucede con el doctor Luis Collado, quien fue discípulo de Pedro Jimeno, otros dos nombres de oro en la medicina valenciana.
Pedro Jimeno, nacido en Valencia en el tercer lustro del siglo XVI, convirtió la Universitat en una de las primeras de Europa en las que se impartió la enseñanza anatómica mediante la disección de cadáveres humanos realizada y explicada por el mismo catedrático. Cuando Jimeno abandonó Valencia en el verano de 1550, se nombró para sustituirle en su cátedra a Luis Collado.
Coetáneo a Jimeno y Collado, fue Miguel Juan Pascual, natural de Castellón, que escribió uno de los primeros textos impresos en Europa acerca de la contaminación urbana desde el punto de vista de la salud pública. Abordó la incidencia de la fetidez de las balsas, la insalubridad del mar, la exhalación del olor de las cloacas y los vapores malolientes de aguas estancadas sin árboles alrededor en los ciudadanos. El facultativo castellonense apuntó claves para investigar en la influencia del medio ambiente en la salud de las personas, una corriente médica que continúa más vigente que nunca.
Atlas anatómico
De pequeños, en la escuela, todos estudian el cuerpo humano, su estructura ósea, sus músculos y sus órganos. Ahora es muy fácil saber cómo somos por dentro, pero hace 400 años era toda una hazaña. De ahí que la obra anatómica del grabador Crisóstomo Martínez fuera la única contribución importante al saber morfológico realizada en España durante el siglo XVII.
La parte más valiosa de su labor fue la micrografía, de la que fue uno de los adelantados europeos. Hacia 1686 comenzó a trabajar en el atlas anatómico. Para su realización y edición las autoridades de la ciudad y el claustro de la Facultad de Medicina consiguieron permiso para que se financiara su trabajo.
No sólo las láminas de Crisóstomo, sino la trayectoria histórica de los médicos sirvieron de argumento para que Andrés Piquer luchará por reconocer el prestigio de Valencia como principal centro español de la anatomía práctica. Hizo su defensa desde Madrid y como vicepresidente de la Academia Médica Matritense. Llegó a afirmar: “La anatomía se enseña mejor en Valencia que en ninguna parte, y en Francia sólo se hace la anatomía ostentosa y delicada, que no sirve para la práctica”.
Heroicidad mundial
Al producirse la epidemia colérica, inicios de 1880, el catedrático cartagenero Amalio Gimeno se convirtió en la figura dirigente de un grupo de profesores de la Facultad de Medicina. A él se le debió la asimilación en el ambiente científico valenciano del descubrimiento del vibrión colérico por Kock (1883).
El grupo encabezado por Gimeno, al que se asoció los doctores Peset, Garín y Colvée, fue el promotor de la vacunación anticolérica de Ferrán. El 31 de diciembre de 1884, un trimestre antes del inicio de la gran epidemia, Gimeno, Colvée y Garín visitaron a Ferrán en Tortosa, quedando tan convencidos que se vacunaron. Al comenzar en marzo la epidemia en Xàtiva, Gimeno y Candela defendieron la aplicación de la vacuna. Ferrán, desde Tortosa, vino a Valencia. Montó su laboratorio en una casa que todavía se conserva (en la calle Pascual y Genís) e inició una campaña en la que se vacunaron más de 50.000 personas. En Alzira, con 16.000 habitantes entonces, se vacunaron 7.043.
La trascendencia de la vacunación masiva fue valorada en el siglo XX. La comunidad científica internacional reconoció que la medida fue “un importante hito en la historia de la salud pública”. Al doctor Ferrán le consideraron como el primero en conseguir “la inmunización activa del ser humano por bacterias de una forma admirable”, según el libro escrito por López Piñero.
Estos facultativos valencianos, que son sólo un grupo reducido, hicieron historia de la medicina sin recurrir al bisturí de diamante.
No eran tiempos para este instrumento, inventado en el siglo XX, pero su dedicación a la ciencia fue suficiente para que sus esfuerzos no cayeran en saco roto.
Francisco Javier Balmis
Difusión mundial de la vacuna contra la viruela
Nació en Alicante. Cuando Jenner dio a conocer la vacuna contra la viruela, Balmis quedó tan convencido que integró una expedición con cuatro cirujanos, dos practicantes, cuatro enfermeros y 22 niños de la casa de expósitos de La Coruña. Los menores eran necesarios para conservar el virus vacunal, mediante inoculaciones semanales en dos de ellos con el obtenido en las pástulas de los vacunados la semana anterior. La expedición consistió en fue difundir los conocimientos precisos para la práctica de la vacunación.
La marcha, que partió en 1803, extendió la medida por las Antillas, México, Texas, California, América central y del sur, Filipinas, Macao, Cantón y la isla de Santa Elena. Balmis regresó a la península en 1813 tras verse envuelto en luchas iniciales por la independencia de México.
Luis Simarro
El maestro valenciano de Ramón y Cajal
Luis Simarro nació en Roma, donde residía su padre, el pintor valenciano Ramón Simarro. A finales del siglo XIX no estaba claro si el sistema nervioso se componía de células individuales o era una trama constante, como una red, que iba desde el cerebro a los nervios periféricos. Ramón y Cajal (hoy se cumple el centenario de su Premio Nobel) acabó con esta dualidad al demostrar que el sistema nervioso estaba formado por células autónomas llamadas neuronas.
Llegó Ramón y Cajal a esta conclusión aplicando una nueva técnica de coloración que permitía observar células individuales y hasta la fecha los tintes empleados posibilitaban ver tramas de células. Una técnica que aprendió de su maestro, Luis Simarro. Sin el método del doctor valenciano, tal vezi el Nobel aragonés hubiera tardado más tiempo en descubrir la neurona.
Valéncia Hui
"La tradición médica de Valencia no gusta nada a los centralistas"
Loli Prats (VH) .- José María López Piñero, catedrático jubilado de Historia de la medicina. La palabra "jubilado" parece que no pega mucho con usted…
Mi mujer, Mari Luz, y yo, nos jubilamos antes de la edad obligatoria para dedicarnos de lleno a la divulgación y para librarnos de lo que yo llamo la "burrocracia". Queríamos dedicarnos a la investigación, a los temas que nos quedaban pendientes y, sobre todo, a la divulgación. Aunque debo decir que ahora la gente ya no se preocupa mucho por estas cosas.
Decía que la palabra jubilado no pega mucho con usted, porque aún sigue impartiendo conferencias y cursos, la última el pasado mes de noviembre, sobre Ramón y Cajal...
Sí, pero no ya molesto a mis discípulos, a los jóvenes. Ya no suelto los rollos que soltaba antes.
¿Es difícil jubilarse de la docencia?
Sí, sobre todo cuando uno tiene proyectos. Pero estoy en el octavo año de jubilación y debo decir que el retiro me ha venido muy bien para la tensión.
Usted estudió Medicina en la Universidad de Valencia, y luego fue profesor allí. ¿Cómo recuerda esos primeros años?
Yo era muy amigo de Mariano Peset, catedrático jubilado de Historia del Derecho. Él era como mi hermano, vivimos siete años juntos, dos de ellos en la misma habitación, en Burjassot. Luego fuimos de los primeros en conseguir una beca para irnos a investigar a Alemania. Hasta el párroco nos tuvo que dar permiso para poder irnos. Recuerdo que aquí nos pagaban 600 pesetas, así que nos ganábamos la vida con becas.
¿Cómo cambia la perspectiva cuando uno se sienta detrás de la mesa de profesor?
Yo creo que si uno se sienta detrás de la mesa, está en la actitud medieval en la que aún está la universidad española. Eso de tomar apuntes, mientras el profesor se sienta detrás de la mesa, me suena a la técnica china de la imprenta… Yo siempre he preferido las clases prácticas como alumno, y también como profesor. A la hora de dar clase siempre he intentado imitar lo que me han enseñado mis maestros.
¿Cuál le ha influido más?
El que más me influyó es Ackerknecht, y también Rosen. Son primeras figuras mundiales. Todo lo que yo divulgo ha sido estudiado por estos genios. Yo siempre digo que "soy un enano encima de los gigantes".
Empezó con la docencia en 1969, cuando España aún estaba bajo una dictadura, y la dejó en 1998, con el país ya inmerso en la modernidad. ¿Cómo ha cambiado la Universidad en todos esos años?
Nosotros esperábamos cambios mucho más importantes, pero no los ha habido. Todo lo contrario, se han dado mucho retrocesos. Por ejemplo, en el Bachillerato, que en Europa son diez años, y en España tres. En Alemania dicen que somos un "país de camareros" y eso es, en verdad, cierto, sobre todo en el tema de la investigación. Mari Luz, Mariano Peset y yo, creíamos que las cosas serían mejores, pero nos hemos quedado muy defraudados.
¿Era difícil ejercer la profesión en esos años convulsos del final del franquismo?
Bueno, a esos años les llamábamos 'la Dictablanda'. Nosotros inventamos el autocontrol, que era "nada de autoridad, ni jerarquía". Recuerdo que, a veces, íbamos a la universidad con la policía a caballo detrás. Estuvieron a punto de darme más de una paliza.