sábado, 25 de noviembre de 2006
Publicado por Desconocido @ 14:26
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Valencia

La Glorieta y sus hermosos ficus

Un café estilo vienés, un teatro para zarzuelas y un pabellón destinado a conciertos convirtieron al parque en el centro de la vida social. Hoy es cruce apresurado entre dos plazas
Un café estilo vienés, un teatro para zarzuelas y un pabellón destinado a conciertos convirtieron al parque en el centro de la vida social. Hoy es cruce apresurado entre dos plazas

M.ª ÁNGELES ARAZO/


Las transformaciones de la Glorieta han sido múltiples, en alguna ocasión la despojaban de una parcela de jardín; en otra, de las verjas que la circundaban, pero de todos los cambios fue testigo el hermoso Tritón; menos de 1844 a 1860 en que fue retirado a un almacén para restaurarlo y se olvidaron de él . No obstante, el hallazgo y la reparación de su ausencia mereció la fuente de mármol negro, según proyecto del arquitecto Antonio Sancho.

El Tritón, sin cuerpo de pez, versión libre del escultor Ponzanelli, procedía del huerto del canónigo Antonio Pontons García, quien había convertido su alquería en auténtico palacete con jardines y esculturas.

La historia del querido parque se debe –quién lo iba a decir– al general Suchet. Durante la dominación francesa adquirió los solares existentes entre el convento de Santo Domingo y la Aduana (actual Palacio de Justicia), e inició la plantación de árboles, que tuvo que suspenderse por abandonar Valencia ante la derrota de las tropas napoleónicas en Vitoria el 5 de julio de 1813. Entonces, se hizo cargo del proyectado jardín el general Elío a quien le ilusionaba dedicar en él un monumento a Fernando VII sufragado por suscripción popular, pero tampoco se llevó a cabo (siempre la política por medio), de manera que con lo recaudado se adquirieron naranjos, sauces y fresnos y las esculturas del canónigo Pontons: además del Tritón citado, las de Diana, Venus, Apolo, Cronos y Neptuno; esculturas que hoy se hallan en otros jardines. También, como si pesara maleficio, sobre los creadores de la Glorieta, el general Elío fue condenado a garrote vil, siendo ajusticiado el 4 de septiembre de 1822 . Claro que en aquella España de deplorable monarquía, todo era posible y al año siguiente, en 1823, con los radicales de nuevo en el poder, los restos del general Elío fueron trasladados con todos los honores, del cementerio de los ajusticiados (próximo al barranc de Carraixet), a la Catedral.

Frente a la calle del Mar, el general O’Donell mandó construir una puerta monumental en la Glorieta, que ya poseía el límite de la balaustrada. Dos leones y amorcillos impactaban como un arco de triunfo y los valencianos se enorgullecían de aquel jardín, donde también se levantó un pabellón para la banda militar, que ofrecía continuos conciertos.

Y a tal atractivo se uniría el romántico café de Domingo Cucciari, en 1846; un italiano que había frecuentado los cafés vieneses e intuyó que en Valencia gustaría la consumición, acompañada por música de violines .

A la vida social, también se instaló un teatro para zarzuelas, se unió la convocatoria de actos culturales; así el 1 de agosto de 1900, se tributó allí el gran homenaje del Ayuntamiento a Joaquín Sorolla y Mariano Benlliure, los artistas que triunfaban a nivel mundial.

¿Recuerdos de los mayores de hoy? El relevo de los tranviarios junto a la fuente del Tritón; el quiosco del vendedor de periódicos más madrugador de la ciudad y los urinarios en un sotanillo, que limpiaba una mujer triste y gris, vestida también de gris; servicios que agradecían todos los prostáticos de la ciudad, depositando alguna moneda en el platillo de la señora canosa.

Dando saltos en el tiempo, a la antañona Glorieta a la que acudían amas de leche rubicundas y uniformadas, sucedieron las niñeras de la posguerra que vigilaban a los críos del plantao y desplantao ; después siguieron las madres y las abuelas, pero cada vez menos, porque el parque ha quedado convertido en una gigantesca isleta de cruce entre las plazas de Tetuán y Portal del Mar. Menos mal que siguen los hermosísimos ficus y los bustos de Francisco Domingo, Muñoz Degrain, Agrasot y el monumento al doctor Gómez Ferrer, que actualmente se iluminan.

Porque siempre hay falta de tiempo para saborear lo que nos rodea; y los semáforos obligan a caminar sin descubrir cuando se cierran los hibiscus y se abren las magnolias.

Los turistas fotografían las raíces adventicias de los centenarios árboles, algún emigrante duerme en un banco buscando el sol invernal y nadie supondría que las niñas cantaban al corro, allá por la década del cuarenta: ‘‘Yo soy la viudita del conde Laurel’’.


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